La siguiente carta fue escrita por un recipiente
de riñón de 28 años de edad a su familia donante:

Querida Familia Donante:

Soy un hombre de 28 años de edad que recibió el precioso regalo concedido por su ser querido. Sé que no hay palabras para expresar la extensión de mis sentimientos hacia su familia. Sólo un tipo especial de persona puede hacer un sacrificio tan grande en un momento de dolor y necesidad. Quiero que sepan que su ser querido y su familia están en mis pensamientos y oraciones todos los días. Sé que nunca podré agradecerles lo suficiente por darme una segunda oportunidad en la vida. Les prometo que trataré de seguir el ejemplo establecido por su ser querido y ayudar a otras personas.

Pensé que les gustaría saber cómo van las cosas. El doctor dice que todo está marchando muy bien. No he tenido signos de rechazo y el riñón está funcionando muy bien. Al momento de escribir esta carta han pasado cerca de dos meses desde la operación. Hubiera querido escribirles antes, pero quería estar seguro de que todo estaría funcionando para poder mostrarles lo que se ha logrado gracias a la decisión de su familia de donar.

También quiero expresarles mis condolencias por su pérdida. Entregaría todo a cambio de que su familia volviera a estar completa. Es lindo saber que hay personas tan especiales en este mundo que se preocupan tanto por los demás.

Decir gracias no parece suficiente cuando lo que alguien ha hecho por uno es básicamente salvarle la vida. Sinceramente espero que la vida le depare a su familia felicidad y prosperidad. Si hay algo que les gustaría saber acerca de mí, por favor no duden en preguntar. Tan sólo quería volver a darles las gracias.

Que Dios los bendiga.

Firma,
Un hombre profundamente agradecido.


La siguiente carta fue escrita por un recipiente de doble pulmón a su familia donante:

Querida familia donante:

Hoy, por primera vez en más de dos años, fui capaz de caminar más de tres millas sin perder el aliento. Tan sólo una semana y media después de mi trasplante de pulmón, pude caminar una milla sin que mis dedos se pusieran morados o sin tener que descansar cada pocos pasos. Cuatro semanas atrás apenas podía caminar por mi apartamento sin tener que estar constantemente conectado a un tanque de oxígeno. Mi vida era drásticamente diferente hace cuatro semanas.

Mi nombre es Eric y estudio patología del lenguaje y del habla en una universidad de Illinois. Antes de recibir mi trasplante, estaba contemplando la posibilidad de interrumpir mis estudios y retirarme de mi programa universitario ya que era incapaz de hacer cualquier cosa sin el constante apoyo del oxígeno suplementario. Incluso con oxígeno, me quedaba sin aliento y tenía que suspender mis actividades diarias. Desde el trasplante, no he necesitado más oxígeno y he retornado a muchas de mis actividades diarias. Tan pronto como termine de recuperarme, planeo regresar a clases y reanudar mis responsabilidades clínicas. Con suerte, podré hacerlo en algún momento de este otoño. Cuando me gradúe el próximo verano, intentaré obtener un cargo clínico con la posibilidad de continuar mi educación en una escuela médica.

Además de mi vida como estudiante, soy un ávido aficionado a la fotografía. Durante los últimos dos años mi capacidad de practicar la fotografía se había reducido drásticamente. Con el tiempo, trataré de volver a mi actividad fotográfica. Es algo que he extrañado mucho desde que la enfermedad se apoderó de mi vida hace cuatro años. Estoy ansioso por realizar los viajes que había aplazado y por cargar mi cámara y mi propio equipo sin la ayuda de otros.

A pesar de haber tenido dificultad para respirar desde que inicié la universidad, no sabía lo enfermo que estaba sino hasta hace poco más de un año. Había notado que cada vez me faltaba más el aliento al realizar tareas simples. Los médicos me daban diversas razones. Las conjeturas seguían viniendo a medida que mi condición empeoraba. Una radiografía rutinaria del tórax que me realizaron el pasado verano después de una tanda de bronquitis, casi un año a la fecha en que recibí mi trasplante, mostró anormalidades sustanciales. Durante el curso de los siguientes dos días mi vida se derrumbó. Fui admitido al hospital donde me realizaron varios procedimientos y más de un doctor me dijo que lo más probable es que estaría muerto y definitivamente inválido en cuestión de unos años si no se hacía algo rápido. Pero ninguno de los médicos sabía cuál era la causa del problema. Lo único que sabían era que mis pulmones se estaban cicatrizando e inflamando, perdiendo rápidamente la función que les quedaba.

Hacia septiembre del año 2003, sabía que necesitaría un trasplante si quería vivir un poco más. Mi enfermedad pulmonar avanzaba rápidamente y no respondía a ninguna de las medicinas que me ofrecían. A fines de noviembre comencé el proceso de ser colocado en la lista nacional de espera para trasplantes de órganos y en la primera semana de diciembre ya estaba en la lista.

Durante varios meses mi vida estuvo en compás de espera a medida que mi condición se deterioraba rápidamente. Me decían que era afortunado de obtener un trasplante tan rápidamente, pero no sabía cuánto tiempo podría aguantar emocionalmente. Aquellos meses fueron de gran tensión emocional para mí y mi familia. Yo estaba en Illinois y mi familia en Florida. A tiempo que vivía los altibajos familiares, debía cumplir con el intenso trabajo de mis clases.

El año pasado me perdí de muchas cosas. No tenía vida personal y dividía mi tiempo entre dormir, estudiar y comer (a veces simplemente dormía porque no tenía energías para nada más). Por primera vez en ocho años, fui incapaz de trabajar como voluntario en un campamento para niños con diabetes. Ese campamento se había convertido en mi hogar lejos de casa y el no poder asistir al mismo fue increíblemente difícil para mí. Permanecía atado a mi tanque de oxígeno, mientras que mis amigos del campamento me llamaban para desearme que me recuperara, sin saber si podría volver a otra sesión. También tuve que dejar de trabajar como voluntario en la Cruz Roja, donde antes había prestado servicios como instructor de reanimación cardiopulmonar para Salvavidas y Rescatistas Profesionales. Pasé gran parte de mi tiempo como voluntario en la Cruz Roja enseñando a enfermeros, paramédicos, salvavidas y otros profesionales a realizar maniobras de reanimación cardiopulmonar y administración de oxígeno. Tan pronto me recupere del trasplante, lo que sin duda tomará algún tiempo, pienso reincorporarme a todas esas actividades. Sin su generosidad, quizás nunca hubiera tenido esa oportunidad.

He recibido una segunda oportunidad de vivir y no tengo la menor intención de desperdiciarla. Con cierto entrenamiento físico, puesto que mi enfermedad pulmonar hizo gran mella en mi condición física, confío en poder escalar el edificio Hancock de Chicago el próximo año, un evento en el que los participantes suben los 94 pisos hasta la plataforma de observación. Antes de mi trasplante a duras penas podía subir un piso, por lo que subir 94 pisos será un gran logro. Por lo pronto me siento feliz de poder subir un piso sin quedarme sin aliento. Hasta esta habilidad es nueva desde mi trasplante. Hace un mes tenía que usar el ascensor en todas partes o detenerme cada cinco pasos para descansar y recuperar el aliento. Me era imposible seguirles el ritmo a mis amigos y colegas.

Aunque sé que la decisión de donar los órganos de su ser querido debió ser muy difícil, quiero que sepan la gran diferencia que su decisión hizo en mi vida. Ahora tengo la esperanza de llevar una vida más normal y activa. Sea cual sea la normalidad que alcance, sin duda será una mejor vida de la que llevaba antes, y estaré vivo. Nunca podré expresarles mi inmensa gratitud por darme esta oportunidad. Sé que están pasando por un momento muy difícil por la pérdida de su ser querido y respeto el derecho a su privacidad, pero me encantaría saber de dónde viene el milagro que he recibido. No tengo la más mínima información acerca de su ser querido y de su familia. Espero que la información que les he dado les brinde algún consuelo sabiendo que algo bueno resultó de su tragedia. Gracias por tomar la decisión de salvarme la vida, la vida de alguien a quien no conocían.

Con inefable gratitud,

Eric